Criterio. Qué palabra tan bonita y qué poco se utiliza.

Hay palabras que, de tanto repetirlas, terminan perdiendo fuerza. Creatividad, innovación, tendencia, inspiración… forman parte de nuestro vocabulario diario. Sin embargo, hay otra que cada vez escucho menos y que, para mí, es una de las más importantes de esta profesión:

Criterio.

Qué palabra tan bonita. Y qué poco la utilizamos.

Si tuviera que elegir una sola capacidad que diferencia a un buen interiorista, probablemente no hablaría de creatividad ni de talento. Hablaría de criterio. Porque el talento puede abrirte una puerta, pero es el criterio el que te ayuda a tomar decisiones cuando el proyecto se vuelve complejo.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que un interiorista no se define tanto por las cosas que sabe como por las decisiones que es capaz de tomar. Dos profesionales pueden tener la misma formación, utilizar los mismos programas e incluso trabajar con los mismos materiales. Sin embargo, el resultado puede ser completamente distinto. La diferencia rara vez está en el conocimiento; suele estar en el criterio.

Quizá por eso me cuesta tanto entender que, cuando hablamos de formación, casi todo se centre en aprender herramientas. Aprendemos a dibujar planos, a modelar en tres dimensiones, a conocer materiales o a representar una idea. Todo eso es necesario y forma parte de la profesión. Pero hay algo mucho más difícil de enseñar: cómo decidir.

Porque proyectar consiste, precisamente, en eso. En tomar decisiones.

Decidir si merece la pena conservar un elemento existente o empezar de cero. Decidir si un material funcionará igual de bien dentro de diez años que el día de la inauguración. Decidir cuándo merece la pena invertir más presupuesto y cuándo no aportará ningún valor. Decidir si una solución es realmente adecuada para las personas que van a vivir ese espacio o simplemente queda bien en una fotografía.

Y ninguna de esas respuestas aparece en un catálogo.

El criterio tampoco nace delante de un ordenador. Se construye de otra manera. Se construye visitando fábricas, hablando con fabricantes, escuchando a un carpintero explicar por qué una unión funciona mejor que otra o viendo cómo un albañil resuelve un encuentro que sobre el plano parecía perfecto.

También se construye equivocándose.

Creo que esa parte de la profesión se cuenta muy poco. Tendemos a enseñar los proyectos terminados, pero no todo lo que ha ocurrido para llegar hasta ellos. Sin embargo, es precisamente ahí donde un interiorista aprende más. En una obra que obliga a replantear una solución, en un material que no envejece como esperabas, en una conversación con un cliente que cambia completamente el enfoque del proyecto o en una visita a un proveedor que te descubre una posibilidad que desconocías.

Cada una de esas experiencias añade una pequeña capa de criterio.

Y quizá por eso sigo disfrutando tanto cuando visito una fábrica o paso una mañana hablando con un oficio. No lo hago solo para descubrir un producto nuevo. Lo hago porque cada conversación amplía mi forma de mirar y, en consecuencia, mi forma de proyectar.

A veces se piensa que la experiencia consiste simplemente en acumular años de trabajo. Yo no lo veo así. La experiencia solo tiene valor cuando somos capaces de convertir todo lo que vivimos en mejores decisiones.

Para mí, eso es el criterio.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas del interiorismo. Que nunca terminas de construirlo. Siempre hay un material que no conocías, una solución más inteligente, una conversación que te obliga a replantearte algo o una obra que te recuerda que todavía queda mucho por aprender.

Por eso sigo creyendo que el objetivo de un buen profesional no es saber más que nadie. Es desarrollar el criterio suficiente para distinguir qué tiene sentido en cada proyecto y qué no.

Al final, el criterio no es otra cosa que la capacidad de distinguir qué tiene sentido y qué no lo tiene. Y en interiorismo, pocas cosas son más importantes que eso.

Pensamientos Interiores

Este ensayo forma parte de Pensamientos Interiores, una colección de reflexiones escritas por Eva Torrecillas sobre el oficio del interiorismo, la cultura del diseño y la formación de quienes ejercen esta profesión.