Inteligencia artificial en interiorismo: criterio y feísmo


Yo no sé vosotros, pero a mí últimamente me llegan decenas de carteles, anuncios y publicaciones hechas con inteligencia artificial que me hacen replantearme mi existencia como humana. Tipografías imposibles, textos que hay que leer tres veces para entenderlos, composiciones en las que parece que dejar un centímetro libre estuviera prohibido y una cantidad de efectos que consiguen algo bastante extraordinario: que todo llame la atención y que, al mismo tiempo, no se entienda absolutamente nada.
Y no me refiero a esas polémicas que aparecen de vez en cuando porque el cartel de las fiestas de un pueblo se ha hecho con inteligencia artificial, ha ganado un concurso o alguien ha descubierto seis dedos donde deberían haber cinco. Hablo de algo mucho menos excepcional y, precisamente por eso, bastante más interesante: la mediocridad mundana, la del día a día.
La del Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como, ahora convenientemente actualizado a los tiempos de la IA. Necesito un cartel, me lo hago. Necesito un logo, me lo hago. Una imagen para mi negocio, una publicidad, una presentación, un interior espectacular… también me lo hago. Y todo esto estaría fenomenal si tener una herramienta que permite hacer algo significara automáticamente saber hacerlo.
Lo que más me sorprende no es que alguien pueda producir esas imágenes. Evidentemente puede, y cada vez podrá hacerlo más rápido. Lo que me fascina es que después alguien mire aquello y piense: sí, esto está bien, lo publico. Y, además, lo mande orgulloso. ¿En qué momento hemos desarrollado semejante tolerancia a lo cutre y a lo feo? imagino que siempre hemos sido así, solo que ahora se evidencia más.
Durante años tuvimos al sempiterno primo diseñador gráfico, ese que, como sabía abrir Photoshop, ya podía encargarse del cartel, del logo, de la publicidad y, si te descuidabas, de toda la identidad corporativa. Pues bien, ahora ese primo tiene inteligencia artificial y puede producir veinte versiones antes de comer.
Y que conste que a mí la inteligencia artificial me fascina. La utilizo muchísimo, me parece una herramienta extraordinaria y creo que estamos solo al principio de lo que va a permitirnos hacer. Precisamente por eso no creo que el problema esté en la IA, sino en una confusión bastante más antigua: pensar que tener acceso a una herramienta significa saber hacer aquello para lo que sirve.
¿Todavía hay que explicar que rápido no significa bueno, y poder hacer algo no significa saber hacerlo?Por lo visto, si.
En interiorismo estamos empezando a ver exactamente lo mismo. Nos hemos acostumbrado a imágenes espectaculares de espacios absolutamente inhabitables que acumulan miles de guardados: escaleras imposibles, proporciones absurdas, muebles que nadie podría utilizar y soluciones maravillosas que cuentan con la pequeña ventaja de que quien la crea no tendrá que enfrentarse jamás a construirla. Son imágenes fantásticas, puede que incluso inspiradoras, pero una buena imagen y un buen proyecto de interiorismo no son la misma cosa.
Y ahí es donde para mí aparece la cuestión verdaderamente interesante: ¿estamos dejando de distinguir entre algo que parece bueno y algo que realmente lo es?
Una persona con formación, referencias, experiencia y cultura visual puede encontrar en la inteligencia artificial una herramienta extraordinaria para ampliar sus posibilidades, probar caminos, investigar, visualizar o hacer en minutos cosas que antes necesitaban horas. Una persona sin esos conocimientos puede utilizar exactamente la misma tecnología para producir mediocridad a una velocidad que hasta hace muy poco era imposible.
La herramienta es la misma. Lo que cambia es el criterio de quien la utiliza.
Hace unos días escribía precisamente sobre eso, sobre criterio y cuanto más observo lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial, más importante me parece. Generar será cada vez más fácil; el verdadero valor estará en saber qué qué elegir y qué descartar.
El problema no es que podamos producir cosas mediocres muchísimo más deprisa. Mediocridad ha habido siempre. Lo que me preocupa bastante más es que, después de ver cientos de imágenes de este tipo todos los días, terminemos acostumbrándonos a ellas y rebajemos poco a poco el listón de lo que consideramos bueno. Que algo nos parezca válido porque tiene una apariencia profesional, porque es espectacular o simplemente porque hemos perdido la costumbre de mirar con atención.
Y eso sí me parece importante, especialmente en las profesiones creativas. Podemos tener herramientas cada vez mejores, más rápidas y más sorprendentes, pero ninguna debería ahorrarnos la obligación de aprender, mirar, comparar, conocer nuestro oficio y desarrollar una cultura visual propia.
No tengo ninguna duda de que la inteligencia artificial va a transformar profundamente la forma en la que trabajamos y, personalmente, tengo muchísimas ganas de ver hasta dónde llega. Pero también sospecho que va a hacer mucho más visible una diferencia que ya existía antes de ella: la que hay entre saber utilizar una herramienta y saber lo que estás haciendo.
Y si llega un momento en el que dejamos de distinguirlo y todo nos parece estupendo mientras tenga suficientes brillos, renders y efectos, entonces sí: «Paren el mundo, que me bajo».
