¿Cuánto hay que saber para ser interiorista? | Eva Torrecillas


Hay una cosa que ocurre cuando llevas tiempo trabajando en interiorismo: cuanto más aprendes, más consciente eres de la cantidad de cosas que todavía no sabes. La profesión es tan amplia que en un mismo día puedes estar hablando de iluminación, revisando una junta entre dos materiales, buscando una encimera, resolviendo una carpintería y preguntándote por qué una puerta que en plano parecía perfecta no puede abrir como estaba previsto. Y a todo eso hay que añadir presupuestos, proveedores, pedidos, obra, tejidos, color, climatización, electricidad, fontanería, clientes, plazos, compras o incidencias.
Por eso me parece bastante lógica una pregunta que aparece muchas veces cuando alguien empieza a trabajar en esto: ¿cuánto hay que saber realmente para ser interiorista?
El interiorismo toca muchísimos campos. No somos electricistas, pero necesitamos entender qué tenemos que pedirles y qué información necesitan para poder trabajar. No somos carpinteros, pero tenemos que saber si una solución tiene sentido, qué condicionantes puede tener y cómo afectará al resto del proyecto. No fabricamos cerámica, luminarias, griferías o mobiliario, pero tomamos decisiones sobre todos esos elementos y, por tanto, necesitamos comprender bastante bien qué estamos eligiendo y qué consecuencias puede tener.
Después de años trabajando siguen apareciendo cosas nuevas. Un sistema que no conocías, un material que nunca habías utilizado, una forma de ejecutar algo que un oficio lleva haciendo veinte años y tú ves por primera vez, una normativa que afecta justo a ese proyecto o una solución que pensabas que era sencilla y acaba teniendo muchas más implicaciones de las que habías imaginado. Eso no desaparece con la experiencia. Lo que cambia es la forma en la que te enfrentas a esas situaciones.
Al principio, cuando ves un material, quizá piensas sobre todo si te gusta, si encaja en el proyecto o si funciona con el resto de la propuesta. Con más experiencia empiezas a mirar otras cosas al mismo tiempo: cómo se instala, qué espesor tiene, cómo se encuentra con el material que tiene al lado, cómo se remata, quién lo coloca, cuánto tarda en llegar, qué mantenimiento necesita o qué ocurrirá si dentro de unos años hay que sustituir una pieza. El material es exactamente el mismo, pero tú ya no lo estás mirando de la misma manera. Has aprendido a ver todo lo que hay alrededor de una decisión.
Para mí, ahí empieza a aparecer el criterio profesional. No consiste solamente en conocer muchas marcas, muchas piezas o muchos materiales, sino en entender cada vez mejor las consecuencias de lo que decides. Con el tiempo también aprendes que no todo lo que necesitas saber tiene la misma importancia. Hay problemas muy concretos que quizá aparezcan una sola vez en tu carrera y que tendrás que investigar cuando llegue el momento, mientras que hay otras cuestiones que se repiten proyecto tras proyecto: cómo empezar correctamente un encargo, qué información necesitas del cliente, qué debe estar decidido antes de presupuestar, qué necesita saber cada oficio, cuándo conviene cerrar una elección, qué documentación hay que preparar o qué cosas deben comprobarse antes de comenzar una obra.
Cuando has pasado varias veces por el mismo proceso empiezas a reconocer esas repeticiones y, sobre todo, empiezas a entender que tiene poco sentido resolver siempre desde cero algo que ya sabes que vas a volver a necesitar. Hay conocimientos que investigaremos cuando aparezcan porque dependen de un proyecto concreto, pero hay otros que conviene tener ordenados, preparados y disponibles porque forman parte habitual del trabajo.
Y aquí aparece otra cuestión que para mí es tan importante como saber muchas cosas: saber en qué orden utilizarlas. Dentro de una obra puedes dedicar cuarenta minutos a buscar una lámpara y otros cuarenta a resolver el encuentro entre dos pavimentos, pero el hecho de haber dedicado el mismo tiempo a ambas cosas no significa que tengan la misma importancia. Una de esas decisiones puede esperar varias semanas y la otra puede estar bloqueando al profesional que entra mañana a trabajar.
Visto desde fuera parece bastante evidente, pero cuando estás dentro de un proyecto la situación cambia. Hay llamadas, mensajes, presupuestos, muestras, imágenes, decisiones del cliente, cambios, proveedores y personas esperando respuestas. Todo empieza a ocupar espacio y las prioridades pueden diluirse con mucha facilidad. A veces dedicamos más atención a una cuestión porque nos resulta más atractiva o más sencilla de resolver, no porque sea la más importante en ese momento. Buscar una lámpara suele ser más agradable que revisar una medición, pero eso no convierte la lámpara en la prioridad del proyecto.
Por eso creo que una parte importante de aprender a ser interiorista consiste en entender qué decisión condiciona a las demás, qué necesita resolverse ahora, qué puede esperar y qué información deberíamos tener antes de avanzar. Esa capacidad no se aprende solamente estudiando materiales o haciendo planos. Se construye trabajando, viendo proyectos completos, equivocándose y entendiendo qué consecuencias tuvo cada decisión.
También se aprende algo que considero fundamental: no tienes que saberlo todo tú. La experiencia no consiste en poder responder a cualquier cuestión sin ayuda. Muchas veces consiste precisamente en reconocer rápidamente cuándo necesitas llamar a alguien que sabe mucho más que tú de ese tema. Un buen proveedor, un fabricante, un instalador, un técnico o un oficio con experiencia pueden enseñarte en diez minutos algo que sería absurdo intentar resolver sola durante horas.
Una parte muy importante de lo que sé de interiorismo la he aprendido preguntando en obra, visitando fábricas, escuchando a proveedores, hablando con profesionales y viendo cómo otras personas resolvían cosas que yo no había visto antes. También he aprendido de los errores, de las instalaciones que funcionaron y de las que dieron problemas, de decisiones que parecían pequeñas y acabaron siendo importantes, y de soluciones que sobre el papel parecían perfectas y en la realidad no lo fueron tanto.
Hay una parte del interiorismo que se puede estudiar y otra que necesariamente aparece trabajando. Y quizá por eso nunca llega ese momento en el que puedes decir que ya sabes todo lo que necesitas para ejercer la profesión. Lo que sí ocurre es que vas construyendo una base cada vez más sólida. Sabes mejor qué tienes que comprobar, dónde buscar, a quién preguntar y qué cosas deberían estar resueltas antes de pasar a la siguiente fase.
Con los años también empiezas a ordenar todo ese conocimiento. Porque después de muchos proyectos hay cosas que no deberían seguir viviendo únicamente en tu cabeza: procesos que se repiten, comprobaciones que siempre hay que hacer, proveedores que funcionan, documentos que necesitas una y otra vez, errores que no quieres volver a cometer o soluciones que ya has comprobado que funcionan.
Saber más no significa llegar a un punto en el que ya no necesitas preguntar ni investigar. Significa ir entendiendo cada vez mejor qué necesitas saber, cuándo lo necesitas, dónde puedes encontrarlo y en qué orden debes utilizarlo para que un proyecto avance correctamente.
Y quizá esa sea una de las diferencias más importantes entre acumular información y adquirir experiencia.
Este texto forma parte de Pensamientos Interiores, el archivo de Eva Torrecillas sobre interiorismo, formación, oficio y práctica profesional.
